Un arquitecto italiano en Córdoba

Ubaldo Emiliani fue un destacado exponente de la influencia italiana en la arquitectura de esta ciudad. Ha dejado un sello indeleble, aunque poco difundido en nuestro paisaje urbano.

Ualdo Emiliani (1882-1970), nacido en Faenza, Emilia-Romagna, Italia, pasó la mayor parte de su vida pisando el suelo de Córdoba. En realidad, más que pisar el suelo, se lo pasó montado sobre el taburete de su tablero de arquitecto o sobre los andamios de las obras que diseñó para esta ciudad.

Llegó un día apacible en plena siesta provinciana. Se lo vio caminar optimista en el andén, a la zaga de una columna de viajeros que arribaban a la vieja Estación Mitre. En una mano, una libretita con anotaciones y direcciones de familiares y afectos. En la otra, su tablero de ajedrez. Un poco más atrás, le seguían un par de baúles que habían viajado por Italia, cruzado el Océano –las estampas del transatlántico Conte Verde daban testimonio de ello–, y por no pocas leguas de territorio argentino.

La casa, la obra

Este año se cumplieron 100 años de la inauguración de su casa particular, lo que es una excusa para compartir con los lectores algunas impresiones sobre la obra de este destacado inmigrante. Me refiero al chalé Emiliani, el que, tal como el Hospital de Clínicas, abrió sus canceles en 1913. Se trata de una construcción de cemento armado ubicada en la calle Neuquén 225 de ­barrio Clínicas.

La verdad es que el patrimonio ­arquitectónico de esta ciudad tiene la impronta de Emiliani en varias ­edificaciones.

La desmalezada peatonal, por ejemplo, permite observar hoy dos edificios coronados de sendos altillos-miradores de su autoría. El edificio Carranza –o Edificio Ninio; 9 de julio 68– y el edificio del Pasaje Central –primera galería comercial de Córdoba; 9 de julio 53– donde, dicho sea de paso, tuvo su estudio por casi 50 años.

Además de esos edificios, entre los proyectos y construcciones más representativos de Emiliani pueden men­cionarse la casona construida para el ingeniero Sánchez Sarmiento, en Yrigoyen 638, y la hermosa casona de Minetti –hoy Ecogas–, en Yrigoyen 475.

También llevan su firma el edificio del viejo Hotel Victoria (hoy Amerian) en 25 de Mayo 240, y el proyecto original del edificio del Hogar Argentino, en la esquina de San Jerónimo e Ituzaingó.

Otra elegante casa pensada por él es el hermoso palacete de calle Ituzaingó 521. No podemos soslayar la farmacia Minuzzi, frente a la Plaza San Martín, y la residencia de la esquina de Urquiza y Deán Funes.

Sus últimas obras, merecen también atención. Por ejemplo, la salida a calle Deán Funes del pasaje Central o el edificio donde estaba la Casa Amuchástegui, que hoy es un local de ventas de telefonía en calle Rivera Indarte y Deán Funes.

Finalmente, también fue el autor del conjunto de chalés tipo villa italiana en la bajada Caseros, cerca del Nuevocentro Shopping.

Si Emiliani fue un destacado proyectista, no menos importante fue su impronta como constructor y calculista. Por suerte sobreviven incólumes importantes edificios en la ciudad de los que fue artífice.

Entre ellos se destacan: el mercado Sur o el viejo Hotel City, en calle Rivadavia 230 (hoy paseo de compras) y la escuela Ortiz de Ocampo; además del museo Caraffa, cuyo proyecto original fuera de Kronfuss, pero que terminó siendo construido yaggiornado por Emiliani.

Como lo acreditan algunas de estas referencias, curiosa y tempranamente, Ubaldo Emiliani dejó un legado de estilo en edificios que distinguen la arquitectura de comienzos del siglo 20 de esta ciudad. Un original art nouveau ; quizás inspirado en el liberty italiano, constituye un testimonio distintivo de una remota ambición de grandeza, apenas conocida y a menudo extraviada en el fárrago provinciano que nos impone el atávico decoro local.

Más allá de ello, cuando era con­sultado sobre las fuentes o la perte­nencia ecléctica de algunas formas o sobre materiales utilizados, Emiliani, con su acento italiano solía replicar: “Stilo proprio”.

“Azzurro”

Ubaldo Emiliani fue un destacado ­exponente de la influencia italiana en la arquitectura de esta ciudad. Gran trabajador y hombre talentoso; amigo de renombrados arquitectos y constructores de la época –como Kronfuss o Salamone–, ha dejado un sello indeleble cuya valoración apenas si ha sido advertida por algunos desta­cados arquitectos y atentos historia­dores de la ciudad.

Como es de ley, en cambio, su obra ha tenido más reconocimiento afuera de su ciudad de adopción. Por ejemplo, la influencia de Emiliani ha sido emparejada con la del arquitecto italiano Colombo en Buenos Aires; sin dejar de mencionar que la casa de calle Neuquén 225 es un constante objeto de curiosidad y estudio por parte de visitantes e investigadores de todas partes.

El chalé Emiliani, cumple 100 años. Construido de sólido cemento armado, fue pensado para dar refugio a los sueños de su dueño.

La nobleza de los materiales y la fina porfía observada en los detalles decorativos que él mismo remataba, hicieron que esa construcción se convirtiera en algo más de una vivienda familiar. Para él, para sus familiares (y quizás para algunos de sus posteriores ocupantes), ese lugar, terminó transformándose en una especie de Aleph borgeano.

Cazador urbano

Propongo algunas imágenes que se corresponden con su propio envejecimiento. Por ejemplo, Emiliani recordaba cómo solía cazar desde la torre mirador, donde había instalado un pararrayos.

En verano, le entretenía mucho otear la cuadrícula de quintas y descampados que rodeaban la casa. En primavera, en cambio, prefería pasear por el jardín estirando su nariz para atrapar el intenso aroma del jazmín paraguayo. En las tardes de otoño, sobre la galería lateral de la casa, a Emiliani le placía meditar mientras observaba caer las hojas de los plátanos.

En los últimos años de su vida, era habitual encontrarlo apoltronado en su sillón preferido; inmóvil, aun cuando su mirada inquieta perseguía las chispas de los leños quemándose en la chimenea.

Solía vérselo caminar con paso cansino: apoyado en un bastón y siguiendo la avanzada de la estela del humo del grueso cigarro que siempre se le adelantaba. Ubaldo Emiliani disfrutaba pasearse por la acera de la calle 9 de Julio rumbo a la confitería Oriental.

Otras veces, prefería caminar hasta calle San Martín para ir al Plata, de Egidio Belloni. En cualquiera de esos lugares, los esperaban sus queridos amigos. Esos que distinguían el arte de la conversación en una Córdoba que ya no es.

Emiliani vivió intensamente una existencia plena de experiencias y contingencias. Viajó varias veces a su patria, porque nunca olvidó sus raíces. Más allá de ello, cada vez que se montaba a un andamio o se instalaba en algunas de las torres que había construido, no tenía la más mínima duda de que en Córdoba estaba su cielo.

La Voz del Interior  15/12/2013 Pablo Riberi

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